Un Orden de Familia

Por Victoria Martinez

Es fascinante que, simplemente al asociarnos con una categoría específica, cambiamos la forma en que las personas nos ven. Cosas tan pequeños como el lugar donde nacimos o la cultura de nuestra familia, pueden dar a los demás una impresión de nuestra crianza y tal vez incluso de la forma en que vivimos ahora. Personalmente, he enfrentado  diferentes personas con ciertas presunciones una y otra vez a través de lo que se convierte en el juego de adivinanzas titulado “¿Qué eres?” He podido simplificar esta conversación a lo largo de los años y tal vez a costa de dar por sentado cómo cada parte de mi identidad realmente me moldea.

Yo nací en Glendale, California, y crecí en West Covina, California, pero mis padres nacieron y crecieron en Los Ángeles. Mi padre es de descendencia cubana y mi madre tiene raíces mexicanas y salvadoreñas. Me identifico como una católica practicante que fue influenciada por mi educación en la escuela católica tanto en la escuela primaria como en la secundaria. Después de leer “Vivan Los Tamales,” comencé a pensar en cómo reconciliar algunas de las ideas presentadas en mi propia vida.  Me conmovió mucho cuando Pilcher menciona que la comida puede “construirse así en un sentido de comunidad dentro de la cocina” y que la comida es “la ideología abstracta del nacionalismo.” Por supuesto, yo antes había asociado la cultura con la comida, pero nunca me había imaginado que pudiera tener tanta importancia, siendo una de las ideologías del nacionalismo. Entonces comencé a reflexionar sobre los platos de mi identidad. Habiendo tenido la experiencia única de una identidad diversa, pasé un tiempo reflexionando sobre el papel que la comida había desempeñado en las celebraciones de momentos importantes y en la vida cotidiana. Pensé en cómo mi abuela cubana pasa todo el día preparando y asando una pierna de puerco para que todos disfrutemos el dia de Nochebuena. También pensé en la importancia de los tamales que mi mamá nos da en la temporada navideña.  Finalmente, me acordé de las tardes de los domingos con mi abuela salvadoreña, cuando nos reuníamos en torno a su mesa y nos recibía con una cantidad interminable de pupusas. Todos estos platos fueron tan importantes para momentos específicos de mi vida y siguen siendo un recuerdo de la familia, incluso cuando estoy lejos de casa. Estos platos no solamente me habían conectado con mi herencia, sino que también me conectaban con otras personas que comparten los mismos recuerdos familiares.

Me doy cuenta de esta conexión con otros cuando voy a nuevos restaurantes que ofrecen platos que están tan cerca de mi corazón.  Cuando veo el mismo amor y cuidado que alguien pone detrás de la comida que he visto desde una edad temprana, hace que la comida sea más especial. Este sentimiento se produjo cuando visité recientemente Sarita’s Pupuseria, uno de los puestos heredados en Grand Central Market. Incluso antes de llegar a la ventana, estás inmerso en la experiencia y puedes ver el proceso inicial de corte del queso.  El señor que cortaba el queso era tan amable que se ofreció a posar para la cámara. Se podría decir que le apasionaba la comida que estaba creando. Después de llegar a la ventana, me saludó un señor que llevó a cabo el pedido en una rutina que mostraba que vender pupusas era más una pasión que trabajo. Este lugar realmente trata de brindar una experiencia salvadoreña saludable al producir un plato central nacional.  Avancé hacia la ventana de entrega y esperé pacientemente cuando vi que el arte de la pupusa se desarrollaba ante mis ojos. Vi a la señora trabajando detrás del mostrador rellenando cada pupusa con queso y todos los adornos, aunque solo pedí la mía con queso. Vi cómo se calentaban las pupusas en la parrilla cuando el queso comenzó a explotar desde dentro. Después de crujir y casi caramelizar las pupusas, me sirvieron ambas con un lado de curtido.  El fuerte contraste del vinagre con el sabor graso y sabroso del queso crea un equilibrio único que nunca perderá su singularidad. Me senté y disfruté de lo que fue una comida reconfortante para mi, mientras los demás clientes que estaban a mi lado se enamoraron de su primera pupusa. Este momento me hizo reflexionar sobre la lectura de E.N. Anderson con respecto a la comida que trasciende a los internos. Las recetas viajan con la gente y es más fácil introducir alimentos en nuevas regiones que en otras partes de una cultura.  La mayor habilidad para mezclar la cultura se puede encontrar en la cocina. Creo que se consideraría que Sarita está en el lugar perfecto debido a su ubicación en Grand Central Market. El local no solo está ubicado en una de las ciudades más pobladas, sino que se encuentra en una región que, aunque tiene clientes de bajos ingresos, también recibe visitas de los miembros más adinerados del área de Los Ángeles. Creo que para ser clasificado como periférico, la ubicación estaría más alejada de una ciudad o en un lugar con menos acceso a alimentos.

Finalmente, como con todos los restaurantes que hemos discutido este año, me enfrento a la cuestión de su autenticidad. Anteriormente había definido la autenticidad en mi primera publicación de blog y la segunda publicación de blog como algo intangible que se crea social y personalmente. Seguiría calificando el respeto por la cultura y la tradición del plato para que sea más importante que recrear la receta exacta en términos de autenticidad. A la luz de esta definición, sin duda calificaría a Sarita’s Pupuseria como auténtica. No solo mantienen un respeto por la cultura de El Salvador, sino que también mantienen su lealtad a los ingredientes y al proceso de creación de pupusas como una forma de arte.


La Flor Blanca con La Mesa Azul

by Mia Yanez

Por mi primer blog, yo probé las pupusas a La Flor Blanca, un restaurante salvadoreño. El restaurante se ubica en Jefferson Boulevard, al lado de una lavandería, una tienda, una barbería, y un lugar para comida india. A las siete y medio, el letrero de neón brilló en la noche oscura y me invitó a cenar.

La pupusa es un plato tradicional de la cocina de El Salvador, un país centroamericano. La pupusa representa los ingredientes principales: la harina de maíz o arroz y carne. Otros platos tradicionales incluyen tamales, muchas sopas (de pata, de siete mares, de res, etc.), panes rellenos, y se bebe la ensalada afrutada con uno de los platos. 

Después miré el menú, yo decidí en dos pupusas revueltas, que incluía los frijoles, el queso, y los chicharrones, en la harina de maíz. Yo traté de pedir los plátanos fritos, un plato favorito mío, pero el mesero me informó que los plátanos no estuvieron maduros y me demostró un plátano verde para evidencia. Yo le pregunté porque no se puede cocinar con los plátanos verdes, y me explicó que solo plátanos maduros me darían el sabor dulce—plátanos verdes me traicionaría con un sabor almidón. Yo acepté esto hecho como la primera señal de que necesito regresar a La Flor Blanca en el futuro. 

Las cocineras prepararon las pupusas a mano, entonces mi amiga y yo observamos el restaurante durante este tiempo. Sonaba más lleno de lo que parecía a causa de los sonidos de las familias riendo y las telenovelas con actores y actrices dramáticas. Los sonidos contrastaban—las familias felices comían y disfrutan mientras los actores lloraban y gritaban sobre su amor. La presencia de las familias y los olores de frituras me tranquilizó, porque me recordó a las fiestas mexicanas en la casa de mi tía Delia cuando yo era niña.

Había fotos del mar y mujeres en vestido tradicional que cubrían las paredes; cuando se combina con las mesas azules, creaban un paraíso artificial. Se podrían pensar que la comida sería artificial también, pero esto no era el caso. La masa suave complementó los trozos crujientes de queso quemado. Como la masa abrazó el chicharrón marinado, los frijoles, y el queso derretido en una pupusa, los sabores me abrazaron. En este abrazo, los frijoles y la carne intercambiaban en un baile con el queso, como solo noté el sabor de la carne tierno y el queso fuerte. En la mesa, había dos envases con lados tradicionales: el curtido y la salsa tomata. El curtido tenía col, cebollas, y zanahorias. En una manera, el curtido limpiaba mi paladar porque el sabor agrio contrastó con la pupusa sabrosa. También, el curtido me hizo sentir bien después la pupusa frita porque comí mis verduras por el día. Finalmente, la salsa tomata era un puré no muy picante, con rojos y marrones solo se encuentra en rocas del río—las rocas reales, no en la pared.

Ahora, yo pregunté: ¿esto plato era auténtico? Los ingredientes parecen realistas, ingredientes que el restaurante usaría en El Salvador. Mi amiga salvadoreña mencionaba que casi todos restaurantes salvadoreños en los Estado Unidos se llaman “La Flor Blanca.” El restaurante solo aceptó el efectivo, una señal en Los Ángeles que esto es un establecimiento sin tonarías. Después más investigación, descubrí que una pupusa en El Salvador podría tener loroco (una planta con brotes y flores comestibles) en vez de frijoles—pero en los Estado Unidos, los frijoles probablemente están más disponibles tan que esta flor. Sin embargo, pienso que recibí una experiencia auténtica porque los cocineros me dieron su representación de la comida en El Salvador. Ellas creaban los platos buenos dentro de su control que conectaban su patrimonio a los Estados Unidos. Cuando se negaron a venderme verdes plátano, sabía ellas solo querían presentar lo mejor de lo mejor de su país. Por eso, yo recomiendo La Flor Blanca por su cena próxima.

#3 – La Matriarca y la Comida

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Hay una pupuseria cerca de mi casa, a casi cinco manzanas de mi casa. Muchas veces he pasado enfrente del pequeño restaurante con un exterior de amarillo vibrante, pero nunca he probado la comida. Supongo que es salvadoreño porque su especialidad es la pupusa—un plato común del Salvador. El restaurante se llama Mely’s Pupuseria porque Mely es la matriarca del establecimiento; saluda a toda su clientela y organiza a sus empleados en la cocina. Me recuerda a mi propia madre, quien crió a mi hermano y yo sin esposo ni compañero—la matriarca de mi casa y la inspiración de mis esfuerzos.

Al final de su introducción, Pilcher nota la importancia de las mujeres en la formación de una cultura culinaria. Cuando pienso en mi identidad, pienso en mi madre y como crecí en casa con solo ella como mi fuente de apoyo y amor incondicional. Me identifico como italiana-americana e irlandesa-americana; los padres de mi madre inmigraron a California desde estos países. Sin embargo vinieron durante un tiempo muy prejuicio para los italianos e irlandesas, y no preservaron muchas costumbres de sus culturas. En términos de la comida italiana, tengo algunas recetas originales—para unas galletas y risotto por ejemplo. Mi madre cocina todo. Anderson averigua el origen de la comida italiana minuciosamente, y la comida de mi madre es una interpretación nueva que extiende el desarrollado de la comida; todavía es comida auténtica de mi herencia y mi vida.

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Un panorama de una pequeña sección del restaurante, incluyendo mi madre y yo 

He vivido toda mi vida en mi casa en Altadena, pero Mely’s Pupuseria apareció en mi vecindario solo hace seis u ocho meses. Me siento orgullosa de mi vecindario en Altadena. Es muy cerca de Pasadena que tiene una reputación de ser muy anglo, pero Altadena es muy diversa. Está situada en la periferia del condenado de Los Ángeles, y la comida refleja esta estatus como Anderson describe. Dice, <<Typically, the core has the most elaborate foodways; sophistication and elaboration diminish as one moves toward the periphery.>> Considero esta declaración neutral. No pienso que las pupusas de Mely’s Pupuseria sea muy elaboradas; son muy simples, pero son deliciosas. El restaurante tiene muy poco espacio sin mucho aire acondicionado, pero las puertas siempre están abiertas; no es un problema. El lugar no es complicado, y las pupusas también no son; es parte del encanto.

Comer en Mely’s Pupuseria me parece una experiencia muy auténtica. Mely habla con todos muy sinceramente y sirve sus pupusas con entusiasmo. Cuando vi que el restaurante estaba lleno de personas latinas-americanas, hablando español, tenía más confianza en la autenticidad de la comida como salvadoreña. No debo hacer generalizaciones sobre la comida de una nación basadas en la clientela o el uso de español, pero a pesar de todo, confía en la comida porque la jefa Mely me parecía muy genuina, y aprecio una mujer fuerte y dedicada—como mi madre.

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Muy feliz después de mi comida simple y sabrosa