La Flor Blanca con La Mesa Azul

by Mia Yanez

Por mi primer blog, yo probé las pupusas a La Flor Blanca, un restaurante salvadoreño. El restaurante se ubica en Jefferson Boulevard, al lado de una lavandería, una tienda, una barbería, y un lugar para comida india. A las siete y medio, el letrero de neón brilló en la noche oscura y me invitó a cenar.

La pupusa es un plato tradicional de la cocina de El Salvador, un país centroamericano. La pupusa representa los ingredientes principales: la harina de maíz o arroz y carne. Otros platos tradicionales incluyen tamales, muchas sopas (de pata, de siete mares, de res, etc.), panes rellenos, y se bebe la ensalada afrutada con uno de los platos. 

Después miré el menú, yo decidí en dos pupusas revueltas, que incluía los frijoles, el queso, y los chicharrones, en la harina de maíz. Yo traté de pedir los plátanos fritos, un plato favorito mío, pero el mesero me informó que los plátanos no estuvieron maduros y me demostró un plátano verde para evidencia. Yo le pregunté porque no se puede cocinar con los plátanos verdes, y me explicó que solo plátanos maduros me darían el sabor dulce—plátanos verdes me traicionaría con un sabor almidón. Yo acepté esto hecho como la primera señal de que necesito regresar a La Flor Blanca en el futuro. 

Las cocineras prepararon las pupusas a mano, entonces mi amiga y yo observamos el restaurante durante este tiempo. Sonaba más lleno de lo que parecía a causa de los sonidos de las familias riendo y las telenovelas con actores y actrices dramáticas. Los sonidos contrastaban—las familias felices comían y disfrutan mientras los actores lloraban y gritaban sobre su amor. La presencia de las familias y los olores de frituras me tranquilizó, porque me recordó a las fiestas mexicanas en la casa de mi tía Delia cuando yo era niña.

Había fotos del mar y mujeres en vestido tradicional que cubrían las paredes; cuando se combina con las mesas azules, creaban un paraíso artificial. Se podrían pensar que la comida sería artificial también, pero esto no era el caso. La masa suave complementó los trozos crujientes de queso quemado. Como la masa abrazó el chicharrón marinado, los frijoles, y el queso derretido en una pupusa, los sabores me abrazaron. En este abrazo, los frijoles y la carne intercambiaban en un baile con el queso, como solo noté el sabor de la carne tierno y el queso fuerte. En la mesa, había dos envases con lados tradicionales: el curtido y la salsa tomata. El curtido tenía col, cebollas, y zanahorias. En una manera, el curtido limpiaba mi paladar porque el sabor agrio contrastó con la pupusa sabrosa. También, el curtido me hizo sentir bien después la pupusa frita porque comí mis verduras por el día. Finalmente, la salsa tomata era un puré no muy picante, con rojos y marrones solo se encuentra en rocas del río—las rocas reales, no en la pared.

Ahora, yo pregunté: ¿esto plato era auténtico? Los ingredientes parecen realistas, ingredientes que el restaurante usaría en El Salvador. Mi amiga salvadoreña mencionaba que casi todos restaurantes salvadoreños en los Estado Unidos se llaman “La Flor Blanca.” El restaurante solo aceptó el efectivo, una señal en Los Ángeles que esto es un establecimiento sin tonarías. Después más investigación, descubrí que una pupusa en El Salvador podría tener loroco (una planta con brotes y flores comestibles) en vez de frijoles—pero en los Estado Unidos, los frijoles probablemente están más disponibles tan que esta flor. Sin embargo, pienso que recibí una experiencia auténtica porque los cocineros me dieron su representación de la comida en El Salvador. Ellas creaban los platos buenos dentro de su control que conectaban su patrimonio a los Estados Unidos. Cuando se negaron a venderme verdes plátano, sabía ellas solo querían presentar lo mejor de lo mejor de su país. Por eso, yo recomiendo La Flor Blanca por su cena próxima.

#3 – La Matriarca y la Comida

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Hay una pupuseria cerca de mi casa, a casi cinco manzanas de mi casa. Muchas veces he pasado enfrente del pequeño restaurante con un exterior de amarillo vibrante, pero nunca he probado la comida. Supongo que es salvadoreño porque su especialidad es la pupusa—un plato común del Salvador. El restaurante se llama Mely’s Pupuseria porque Mely es la matriarca del establecimiento; saluda a toda su clientela y organiza a sus empleados en la cocina. Me recuerda a mi propia madre, quien crió a mi hermano y yo sin esposo ni compañero—la matriarca de mi casa y la inspiración de mis esfuerzos.

Al final de su introducción, Pilcher nota la importancia de las mujeres en la formación de una cultura culinaria. Cuando pienso en mi identidad, pienso en mi madre y como crecí en casa con solo ella como mi fuente de apoyo y amor incondicional. Me identifico como italiana-americana e irlandesa-americana; los padres de mi madre inmigraron a California desde estos países. Sin embargo vinieron durante un tiempo muy prejuicio para los italianos e irlandesas, y no preservaron muchas costumbres de sus culturas. En términos de la comida italiana, tengo algunas recetas originales—para unas galletas y risotto por ejemplo. Mi madre cocina todo. Anderson averigua el origen de la comida italiana minuciosamente, y la comida de mi madre es una interpretación nueva que extiende el desarrollado de la comida; todavía es comida auténtica de mi herencia y mi vida.

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Un panorama de una pequeña sección del restaurante, incluyendo mi madre y yo 

He vivido toda mi vida en mi casa en Altadena, pero Mely’s Pupuseria apareció en mi vecindario solo hace seis u ocho meses. Me siento orgullosa de mi vecindario en Altadena. Es muy cerca de Pasadena que tiene una reputación de ser muy anglo, pero Altadena es muy diversa. Está situada en la periferia del condenado de Los Ángeles, y la comida refleja esta estatus como Anderson describe. Dice, <<Typically, the core has the most elaborate foodways; sophistication and elaboration diminish as one moves toward the periphery.>> Considero esta declaración neutral. No pienso que las pupusas de Mely’s Pupuseria sea muy elaboradas; son muy simples, pero son deliciosas. El restaurante tiene muy poco espacio sin mucho aire acondicionado, pero las puertas siempre están abiertas; no es un problema. El lugar no es complicado, y las pupusas también no son; es parte del encanto.

Comer en Mely’s Pupuseria me parece una experiencia muy auténtica. Mely habla con todos muy sinceramente y sirve sus pupusas con entusiasmo. Cuando vi que el restaurante estaba lleno de personas latinas-americanas, hablando español, tenía más confianza en la autenticidad de la comida como salvadoreña. No debo hacer generalizaciones sobre la comida de una nación basadas en la clientela o el uso de español, pero a pesar de todo, confía en la comida porque la jefa Mely me parecía muy genuina, y aprecio una mujer fuerte y dedicada—como mi madre.

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Muy feliz después de mi comida simple y sabrosa