Los Clientes de Autenticidad

Por Lucy Santora (Blog 2)

Los Ángeles fue fundido de los españoles en 1781 en el área del sur de calle Olvera.  La calle recibió su nombre en 1877.  Hay muchos edificios históricos que son presente hoy como Ávila Adobe, Casa Pelanconi, y Casa Sepúlveda.  Hoy es una ubicación turística con tiendas pequeñas que vendan comidas y ropas de colores brillantes.  

La tienda más famosa es Cielito Lindo que es un restaurante rápido que sirven taquitos y otras cosas.  En el libro de Sarah Portnoy que se llama “Food, Health, and Culture in Latino Los Ángeles” ella dijo que “I always find that they taste as if they have been cooked ahead of time and quickly reheated”.  No soy un conocedor de taquitos, pero estoy de acuerdo con Portnoy.  Los taquitos fue muy ricos, pero creo que puede cocinarlos en mi apartamento.  Sin la salsa aguacate, es un poco semejante a comida rápida.  Comida rápida es un producto de globalización como decir en “Descoloniza su Dieta” … 

“…el mundo globalizado a que nos estamos acostumbrado está acabando con las formas genuinas de hacer las cosas en los países, y a cambio, ofrece una vida cargada de información y tradiciones al estilo fast food” 

Descoloniza Su Dieta

¿Como podemos reconciliar lo que Portnoy y Descoloniza su Dieta dicen? En un mano los taquitos de Cielito Lindo son como comida rápida en una luz negativa, pero en el otro mano el restaurante es parte de una más gran cosa – globalización.  Para puede competir en un mercado restaurantes como Cielito Lindo a veces necesitan cortar las esquinas.  Posiblemente Cielito Lindo recalienta sus taquitos de parte de la revolución de comida rápida.  También, necesita entender que este restaurante esta en Calle Olvera – una ubicación turística.  La audiencia del restaurante son los turísticos, no la gente local.  

¿La próxima pregunta es que si los clientes son inmigrantes (en vez de turistas) hay comida más auténtica?  La respuesta está en Boyle Heights en el mercado que nosotros visitamos la semana pasada.  Cuando yo entré el mercado fue como crucé la frontera a México. Solamente he oído español y no hay turistas.  Nosotros resaltamos como un ‘pulgar adolorido’.  Algo que yo vi inmediatamente es que en la panadería aquí no hay etiquetas.  Tuve que saber las diferencias entre los panes (no tuve ni idea cualquier pan fue que).  No hay comida rápida aquí.  Hay queso fresco, moles, chapulines, mango dulce, y otras cosas de un mercado mexicano. Fue bastante auténtica.  

En mi opinión, el nivel de autenticidad depende en la audiencia o los clientes del restaurante.  Si quiere que turistas comen en su restaurante, prepara comida que es familiar para este tipo de gente.  Pero si quiere atraer gente de la cultura de su comida y los que aprecian este, debe mantener la autenticidad.  

Dos versiones de autenticidad: El Cholo y Boyle Heights

por Mia Yanez

En el libro Food, Health, and Culture in Latino Los Ángeles, el autor Sarah Portnoy nota que, “according to the [El Cholo] website, in 1923, Alejandro Borquez and his wife Rosa, Mexican immigrants from Sonora, a region of Northern Mexico, opened the Sonora Cafe. Two years later…Borquez renamed the restaurant El Cholo Spanish Café.”Para un restaurante que ha existido y tenido éxito por casi cien años, basado en la comida, no sentía que yo visité “El Cholo famoso” cuando comí allí en miércoles. Los totopos salados produjeron un buen crujido, pero la salsa consistió en lo que parecía y sabía como tomates picados con agua. Con el chile relleno, la pasta de tomate agregó un sabor complementario al queso agrio en el chile. Con la enchilada pollo, aunque vi las cebolletas y el queso derretido, solo noté los sabores del pollo, la salsa, y la tortilla. No recordé los frijoles y el arroz, ya que se mezclaron con los otros platos.

Con los ojos vendados, habría pensado que estaba comiendo en cualquier restaurante mexicano en los EEUU. No me sorprendió con sabores picantes, complejos, o diferentes, o incluso nostalgia de la cocina de mis tías. Sí, era comida comestible pero no recomiendo el restaurante para se demuestra la cocina innovador o tradicional de Los Ángeles—pero se tiene hambre, es suficiente. Yo comí para llenar mi estómago, una persona muy fácil para complacer. Son mis papilas gustativas que son los críticos. Con mi comida de El Cholo, era como mis papilas gustativas se encontraron con un conocido mutuo, pero no tenían un deseo que hablar más de las bromas requeridas. Era un encuentro amable en el momento, pero se olvidarán los sabores en el futuro, cuando conocerán más sabores interesantes, diferentes—y, sobre todo—más memorables. 

¿Pues, por qué El Cholo tiene éxito si no es “autentico”? Para los residentes de Los Ángeles, El Cholo presenta la imagen de comida mexicana en los EEUU. Sirve enchiladas, chiles rellenos, tacos, y tamales en un plato combinación con margaritas. Las meseras llevan vestidos tradicionales con flores brillos y el bordado. La música del mariachi juega en el fondo. El Cholo usa esta formula estereotipa por todos sus restaurantes en California del Sur, a pesar de que los clientes no son latinos—eran Angelenos jóvenes y afroamericanos.   

Sin embargo, El Cholo representa una forma de la comida México que los Anglos permiten en su historia de California. Según al historiador William Deverell en su libro Whitewashed Adobe, “Los Angeles matured, at least in part, by covering up places, people, and histories that those in power found unsettling…by whitewashing an adobe past, even an adobe present and adobe future. That whitewashing…was nonetheless a way by which white Angelenos created distance (cultural or personal) between themselves and the Mexican past and the Mexican people in their midst.” Cuando la pareja Borquez abrió su restaurante, para atraer a los Anglos en 1923, se distanciaban de la connotación negativa de México—por eso lo llamaron “Spanish Café”—pero todavía vendían la comida mexicana que los Anglos le gustaban. Esta comida no era la misma como la comida de Mexico, pero el cambio en los ingredientes no era totalmente la culpa de los Anglos al principio. No era posible que recrear la comida del país porque “Mexican ingredients found in the U.S. do not correspond…” a los sabores de platos tradicionales. El Cholo, y otros restaurantes, entonces servían frijoles con queso cheddar y arroz “Spanish.” Con el tiempo, la comida mexicana en los EEUU evolucionó y la gente supone esta comida es autentica. Ahora, los restaurantes como El Cholo funcionan como “exotic staged tourist sites where non-Mexican diners go to have a ‘real’ experience of Mexican food and where they are treated as foreigners” (Ferrero). Sin embargo, estas turistas Anglos no se dan cuenta que sus antepasados en poder creaban esta etapa “exótico” por su racismo y discriminación.

Sin embargo, en este tiempo de 2019, es posible que comprar los ingredientes del país latino, cocinar comida autentica, o comer platos tradicionales. En Boyle Heights, la comunidad provee un ambiente orgulloso y protector para celebrar la cultura latina en una forma verdadera. Las tiendas y los mercados en Boyle Heights sirven los intereses de la comunidad porque no tiene miedo de protestar la gentrificación que podrá “white-wash” el área. Tiene sentido, porque como Sylvia Férreo declara, “Mexican food is not only a device to express identity and a sense of community, but also an occasion to enact strategies that shelter and empower the Mexican community.”

El empoderamiento se mostró en los tres lugares que visitamos. En Mariscos Jalisco, cuando nos encontramos el chef Raúl Ortega, yo vi la emoción, la conexión, y el orgullo en el trabajo del restaurante. No era un chef jactancioso—él mantuvo agradeciéndonos por apoyar el restaurante, pero nosotros necesitamos agradecer a él por la comida excelente. Los sabores entre los camarones, las cebollas, y ¡la salsa! luchaban con broma para ser reconocido, como hijos que luchan por la aprobación a su madre. Pero como una madre, no puedo escoger un sabor favorito porque me encanta todos. En El Mercadito de Los Ángeles, vi una cultura de la comunidad en las tiendas que especializan en muñecas, ropa, moles, pan dulce, y más. Había personas de muchas edades, con sus familias para comprar ingredientes para la cena. En Milpa Grille, la chef explicó su intento para descolonizar la comida mexicana, que viene de un lugar con emoción—no el dinero. La comida no falta en sabores sin ingredientes colombianos, pues el pollo se asó a la parilla muy bien; el sabor de humo en el maíz y el pollo bailan con la cebolla confitada dulce. Esta comida contrasta a los platos de El Cholo, donde no siento la emoción para luchar contra la historia censurada. En general, yo siento que yo vi dos resultados del intento de “whitewash” la historia latina de California: (1) se amolda a la reglas como El Cholo o (2) lucha por la representación verdadera como Boyle Heights.

El Hogar Es Donde La Comida Está: Cómo Chichen Itzá Hace Ambos Mexicanos y Visitantes Sentirse En Casa (Por Emily Stallings)

Si mi acento sureño no era obvio, soy de Dallas, Tejas. He estado exponer a comida Mexicana todo de mi vida; o así que pensé. Fue acostumbrado a “los platos combos” a los restaurantes “Tex-Mex” que aseguraban a crear comida tradicional de México. Mientras no pienso que mentían sobre la calidad de sus comida, la no fue tan pura a sus raíces de México como podría ser; pero en ese entonces, no sabía nada mejor. La cocina de México que había probado era simplemente una recreación estadounidense y no ya había descubierto el gusto verdadero de la gastronomía de México.

Chichen Itzá está ubicado en El Mercado de la Paloma, en próximo de USC. El Mercado de la Paloma contiene varios restaurantes de diferentes antecedentes culturales. Hay una mezcla de culturas que forma una ambiente de bienvenida. A las cuatro de la tarde, el mercado no era muy ocupado pero todavía había gente disfrutando la comida y el ambiente. Cuando entré el mercado, a primera lo era muy tranquilo, pero en el fondo oía parloteo bajo y los sonidos de una cocina: ruido metálico y estufas chisporroteantes. Con raíces en la región de Yucatán, Chichen Itzá tiene un menú que emula la cultura de la región. Unas de las temas del restaurante es asegurar que tener los ingredientes mejores así que puede aumentar la calidad de su comida. Generalmente cuando restaurantes o supermercados usan ingredientes frescos y de buena calidad, ellos cobran mucho dinero por sus productos. A Chichen Itzá, sin embargo, ofrece precios razonables y baratos, relativamente, por comida apetitosa y fresca.

“Tradicional, autentico y hecho en casa” son las palabras que Chichen Itzá sigue religiosamente en orden producir sus clientes con una experiencia de comida especifica y única. Desde el momento que caminé encime del Mercado de la Paloma, sabía que encontraría comida con sabores increíbles y una historia rica. Una manera en que el restaurante preserva su identidad cultural es por recibiendo ingredientes directo de México y haciendo otros de materias primas cada día. La frescura de los ingredientes es excepionalmente evidente en su tortillas. Algo tan simple como una tortilla de maiz tiene capas. Estas tortillas tienen una textura fenomenal; no rancio y no empapado. No es posible que sus tortillas se queda sentado por mucho tiempo; la frescura está encima del gusto. Además, el arroz tenía una frescura increible. Parece que muchos resturantes no ponen mucho tiempo en sus platos acompañimientos. Por ejemplo, el arroz típicamente está seco y recocido. A Chichen Itza, los cocineros tienen cuidado en todos sus platos, como si los sean familia. Ellos no ignoran ningún plato; todos son importantes.

En total, mi amigo y yo pedimos los panuchos, dos tacos de pollo asado, la ensalada de jicima y naranja, frijoles negros y arroz.

A mi sorpresa, la comida fue mas allá de todas mis expectativas. Platos tradicionales de Yucatán incluyen panuchos, huevos motuleos y pibil. Típicamente, estos platos tienen carne como pavo y pollo, además de huevos. Como una vegana, era desafortunada que no podía probar muchos de los platos. Por suerte, Chichen Itzá ofrece opciones veganas! ¡Que chévere! Entonces, podía probar los panuchos sin el pavo. ¡Dios mío, era contenta que la cajera me los recomendara! Nunca olvidaría mi primero panucho. Mi boca está salivando como pienso sobre lo: los bordes tostados de las tortillas, rellena con los frijoles negros refritos y espolvoreada con capas de repollo muy dulce y jugoso y cebolleta de vinagre que añade una golpe de picante que no fue detectable hasta el bocado segundo. Y si ese no fue bastante, la tira de aguacate era como una cereza encima de la copa helada.

La enslada jugosa

Dado el región aislado de Yucatán, la cocina Yucatán fue influido por los europeos y tiene raíces profundas de la cultura Maya. De los europeos, la cocina Yucatán adopta sabores cítricos. Este puede ser visto a Chichen Itzá en su ensalada de jícama y naranja: lechuga mojada cubierto con una colina de jícama, naranjas sensuales que dejan jugo goteo abajo tu mentón, y un sutil aderezo de lima que trae el plato junto. Como si ese fuera poco, hay pimienta de cayena espolvorean sobre la ensalada, dando el cliente la cantidad perfecta de especia para felicitar a los naranjas dulces.

Autenticidad es una palabra complicada y delicada. Como dice Ken Albala, el autor de Three World Cuisines, “To claim a single “correct” form of any dish is to suggest stopping evolution; it is to destroy the very process that brought the dish into being in the first place”. De esta manera, mientras Chichen Itzá dice que sirve la cocina de México autentico, cocinero y dueño Gilberto Cetina usa un toque de su propio singularidad con recetas tradicionales para producir una experiencia que los clientes no puedan encontrar en otro lugar. Además, Chichen Itzá ofrece servicio amable y respetuoso. Después de pidiendo a la caja registradora, saqué mi número y elegí mi propia mesa. Fue sorprendido cuando una camarera me trajo servilletas y cubertería. Como agradecía a ella, me sentía que estaba en la casa de una amiga.

Chichen Itzá significa la boca del pozo en la lengua de Maya. En la península del este de México, Chichen Itzá es un monumento religioso que representa la cultura y los logros de los Maya. Había ríos debajo el monumento que lo mas probable producen un fuente de agua para la ciudad. Como resultado, el sitio de Chichen Itzá era una manera para los Maya se congregaban. El restaurante de Chichen Itzá tiene un papel similar. En Los Ángeles, donde 4.9 millones latinos viven y 78 por ciento son de México, es importante que los individuos mantengan una conexión con sus raíces (Portnoy, 3). Chichen Itzá permite Latinos viviendo en Los Ángeles a dar una muestra del hogar.

Estómagos satisfechos!

No puedo esperar para encontrar otras gemas escondidas en Los Ángeles que esperan pacientemente sus descubrimiento!

Chichen Itzá: Descubriendo La Comida Yucatán

Por Anouska Choraria

Chichen Itzá es un restaurante yucateco situado muy cerca de USC, en el Mercado de la Paloma en el sur de Los Ángeles. El restaurante es de propiedad familiar y ha estado en el negocio durante 18 años.

Chichen Itzá, restaurante yucateco situado en el Mercado de La Paloma.

La comida yucateca se origina de Yucatán, el sudeste de México. Yucatán es el hogar de los mayas, una de las culturas indígenas más avanzadas de las antiguas Américas. Los mayas construyeron muchas ciudades, y uno de lo más increíbles es Chichen Itzá. Recientemente, Chichen Itzá fue nombrada una de las Siete Maravillas del mundo. Entonces, el restaurante da homenaje a esta ciudad y su cultura antigua y rica a través de su cocina.

La comida yucateca es muy diferente a la comida mexicana. Ya que Yucatán está situado en la península, muchos europeos trajeron productos comerciales así que la comida ha tenido una influencia global. También, muchos libaneses migraron a Yucatán, por eso la fusión entre la comida árabe y mexicana ha influido mucho en la cocina yucateca. Unos de los ingredientes más tradicionales de la comida yucateca son la naranja agria, el annatto y el habanero. Estos ingredientes yucatecos desempeñan un papel especial. La naranja agria añade un sabor amargo; el annatto tiene un calor de rojo intenso y ha referido al azafrán de Yucatán, y el habanero es esencial para traer el calor. 

Fui a Chichen Itzá por la noche, así que el ambiente fue muy tranquilo. En el exterior del Mercado de la Paloma, no hubo nadie en la calle, y la calle también fue abandonada.  Cuando entré, Chichen Itzá fue lo único restaurante y negocio ya abierto en el mercado. El Mercado de la Paloma es un lugar para la comunidad local donde se puede ir de compras o ir a comer, entonces el restaurante atrae la comunidad local. Chichen Itzá es un restaurante donde se pide a la caja registradora y después se siente en las mesas coloridas. No hubo mucha gente a dentro del mercado, pero hubo una familia latina, algunos policías locales y dos estudiantes comiendo en Chichen Itzá. Así que el restaurante más probable sirve los que viven cerca y saben sobre el restaurante. ¿Sin embargo, el menú fue en inglés y Chichen Itzá tuve una tienda de regalos así que este me hizo pensar si es un restaurante turístico? Si fuera a comer durante el día pienso que descubriría quienes son que vienen a comer aquí y el ambiente a dentro probable sería más vibrante y lleno.

He visitado la península Yucatán el ano pasado cuando fui a Tulum, sin embargo, los platos en el menú me parecieron completamente nuevos. Hablé con la mesera y me ayudó a pedir. El menú consistió en muchos platos típicos de Yucatán como el plato nacional Cochinita Pibil, que es el cerdo marinado en naranja agria y annatto; Kibi que es un plato inspirado a libanés, y Sopa de Lima que es una sopa de pavo con una variedad de cítrico yucateco. Sin embargo, ya que soy vegetariana tomé otras opciones tradicionales sin carne y pescado. 

Ensalada de Jícama y Naranja.

Primero,comí Ensalada de Jícama y Naranja.Esta ensalada consistió en naranja, mandarina y jícama cortado en dados, mezclado con cilantro, zumo de lima, y pimienta de cayena triturado sobre ensalada mixta. La ensalada fue muy refrescante y tuvo una variedad de texturas. El sabor agrio de las naranjas preparó el paladar para los platos siguientes, y la combinación de la jícama añadió un crujido a la textura jugosa. También, el aderezo cítrico y picante sacó todos los aromas de las frutas y unió a todos los ingredientes. Normalmente, hace la ensalada con naranja agria, sin embargo, este tipo de naranja es difícil a encontrar en los Estados Unidos, entonces el zumo de lima substituye el sabor ácido. Pues, algunos pueden decir que esta ensalada no es ‘auténtica’ ya que no usa la naranja agria, sin embargo, en mi opinión ya es auténtico, pero tiene una adaptación. Ya que un restaurante hace adaptaciones no significa que ‘no es auténtico’ y pienso que es un punto muy importante a subrayar.

Panuchos.

Después de comer la ensalada refrescante, mi paladar fue preparado para un mundo de sabores para venir. Empecé con Panuchos.Panuchos son los antojitos más populares de Yucatán que consisten en tortillas de maíz frito llenado con frijoles, cubierto con lechuga, cebolleta en vinagre, tomate y aguacate. Los panuchos llegaron directamente de la cocina y el primer olorcillo me hizo la boca agua. Me encanta comida picante, por eso inundé mis panuchos con el habanero famoso de Chichen Itzá que vende en su tienda de regalos. El primero bocado fue muy, muy rico. Los frijoles incrustados en la tortilla frita fueron muy intensos y pesados, y el habanero les hizo aún más intenso. Mi boca estaba en llamas y cada bocado próximo se volvió más fuerte. Las verduras ayudaron a neutralizar los sabores vivos. El crujido de la lechuga triturada añadió una textura más ligera y ayudó a reducir los sabores dominantes de los frijoles negros, el habanero y la tortilla frita. 

Salbutes.

Siguiente, tuvimos Salbutes.Salbutes son un plato muy similar a Panuchos. Sin embargo, no hay frijoles y la tortilla de maíz frito es más esponjosa porque se infla un poco al freírse. Las coberturas también son lechuga, cebolleta en vinagre, tomate y aguacate. Este antojito yucateco también está reconocido como tipo de comida rápida y sirve perfectamente para una botana rica y sustanciosa. Los salbutes tuvieron muchos sabores, pero no fueron sofocantes. Me gustó la textura gomosa de la tortilla y con la combinación de las verduras frescas y el habanero ofrecieron una botana deliciosa. De hecho, encontré la base, la tortilla frita, muy similar a un plato indio que se llama ‘poori’, que es pan frito.

Plátano con crema – deliciosa!

Para de postre, me di un banquete de Plátano con crema. Plátano con crema es una dulce delicia yucateca. Los plátanos fritos fueron calientes y suaves y cuando se sumerge en crema, se vuelven un postre delicado. Tuvieron la combinación perfecta de una profunda caramelización y un interior de natillas. 

Las bebidas en el menú también fueron muy únicas para mi. Probé Jamaica que es una bebida hecho de la flor hibisco. Jamaica aparece roja en color y tuve un sabor muy, muy refrescante con una combinación de dulce y agrio. También probé Guanábana que es una fruta tropical y dulce con pulpa blanca. La bebida Guanábana aparece lechosa pero la textura fue más intensa y viscosa. La mesera me dijo a mezclar las dos bebidas y el resulto fue una bebida rosa que fue abundante y refrescante con sabores dulces y toques de agrio. Las bebidas ayudaron a sacar todos los sabores ricos de los panuchos y los salbutes y me ayudaron a aliviar el caliente del habanero.  

Fue genial a probar estos platos yucatecos en un lugar escondido. Todo que comí fue rica y lleno de sabor. Las bebidas también fueron únicas y me encantó a descubrir sobre las tradiciones de la cocina yucateca y su historia. Yo definitivamente regresaré a comer en Chichen Itzá, y le recomiendo a alguien aventurero buscando para sabores, colores y olores nuevos. Si eres bastante atrevido, se asegura que toma el habanero famoso de Chichen Itzá. 

La Flor Blanca con La Mesa Azul

by Mia Yanez

Por mi primer blog, yo probé las pupusas a La Flor Blanca, un restaurante salvadoreño. El restaurante se ubica en Jefferson Boulevard, al lado de una lavandería, una tienda, una barbería, y un lugar para comida india. A las siete y medio, el letrero de neón brilló en la noche oscura y me invitó a cenar.

La pupusa es un plato tradicional de la cocina de El Salvador, un país centroamericano. La pupusa representa los ingredientes principales: la harina de maíz o arroz y carne. Otros platos tradicionales incluyen tamales, muchas sopas (de pata, de siete mares, de res, etc.), panes rellenos, y se bebe la ensalada afrutada con uno de los platos. 

Después miré el menú, yo decidí en dos pupusas revueltas, que incluía los frijoles, el queso, y los chicharrones, en la harina de maíz. Yo traté de pedir los plátanos fritos, un plato favorito mío, pero el mesero me informó que los plátanos no estuvieron maduros y me demostró un plátano verde para evidencia. Yo le pregunté porque no se puede cocinar con los plátanos verdes, y me explicó que solo plátanos maduros me darían el sabor dulce—plátanos verdes me traicionaría con un sabor almidón. Yo acepté esto hecho como la primera señal de que necesito regresar a La Flor Blanca en el futuro. 

Las cocineras prepararon las pupusas a mano, entonces mi amiga y yo observamos el restaurante durante este tiempo. Sonaba más lleno de lo que parecía a causa de los sonidos de las familias riendo y las telenovelas con actores y actrices dramáticas. Los sonidos contrastaban—las familias felices comían y disfrutan mientras los actores lloraban y gritaban sobre su amor. La presencia de las familias y los olores de frituras me tranquilizó, porque me recordó a las fiestas mexicanas en la casa de mi tía Delia cuando yo era niña.

Había fotos del mar y mujeres en vestido tradicional que cubrían las paredes; cuando se combina con las mesas azules, creaban un paraíso artificial. Se podrían pensar que la comida sería artificial también, pero esto no era el caso. La masa suave complementó los trozos crujientes de queso quemado. Como la masa abrazó el chicharrón marinado, los frijoles, y el queso derretido en una pupusa, los sabores me abrazaron. En este abrazo, los frijoles y la carne intercambiaban en un baile con el queso, como solo noté el sabor de la carne tierno y el queso fuerte. En la mesa, había dos envases con lados tradicionales: el curtido y la salsa tomata. El curtido tenía col, cebollas, y zanahorias. En una manera, el curtido limpiaba mi paladar porque el sabor agrio contrastó con la pupusa sabrosa. También, el curtido me hizo sentir bien después la pupusa frita porque comí mis verduras por el día. Finalmente, la salsa tomata era un puré no muy picante, con rojos y marrones solo se encuentra en rocas del río—las rocas reales, no en la pared.

Ahora, yo pregunté: ¿esto plato era auténtico? Los ingredientes parecen realistas, ingredientes que el restaurante usaría en El Salvador. Mi amiga salvadoreña mencionaba que casi todos restaurantes salvadoreños en los Estado Unidos se llaman “La Flor Blanca.” El restaurante solo aceptó el efectivo, una señal en Los Ángeles que esto es un establecimiento sin tonarías. Después más investigación, descubrí que una pupusa en El Salvador podría tener loroco (una planta con brotes y flores comestibles) en vez de frijoles—pero en los Estado Unidos, los frijoles probablemente están más disponibles tan que esta flor. Sin embargo, pienso que recibí una experiencia auténtica porque los cocineros me dieron su representación de la comida en El Salvador. Ellas creaban los platos buenos dentro de su control que conectaban su patrimonio a los Estados Unidos. Cuando se negaron a venderme verdes plátano, sabía ellas solo querían presentar lo mejor de lo mejor de su país. Por eso, yo recomiendo La Flor Blanca por su cena próxima.

Tread Softly, for You Tread on My Culture: Navigating the Food Scene of Los Angeles with Cultural Competence (By Alexandra Demetriou)

Diversity is unequivocally a cornerstone of the culture of Los Angeles, and one of the easiest ways to experience the dynamic ethnic interplay that makes this city unique is by exploring with one’s taste buds. It is a great privilege that we as Angelenos have countless opportunities to venture out and try foods from around the globe all while staying in our own backyard, but with that privilege comes the responsibility to tread lightly when crossing cultural boundaries.

There is a fine line between admiring another’s culture and appropriating it, and perhaps no one in the world of Hispanic food exemplifies toeing—or arguably crossing—this line as well as Rick Bayless. An Oklahoma native, Bayless ventured south to Mexico for six years to study and master the art of preparing Mexican cuisine, and has since gone on to open multiple restaurants and receive numerous awards for his cooking. However, he has faced opposition, particularly from members of the Hispanic community, for what some consider an attitude toward Mexican cuisine that borders on appropriation. Bayless himself has remarked that this criticism is a form of reverse racism against him as a white male, while writer Gustavo Arellano argues that it is not Bayless’s ethnicity but rather his privileged attitude that has fueled the controversy. In a case like this, with opinions polarized and strong, it is necessary to ask ourselves what constitutes appropriation, and how we may explore diverse cuisines in a respectful manner.

rick bayless fish
Chef Rick Bayless http://www.AdamAlexanderPhoto.com ©Adam Alexander Photography 2016

In my opinion, the defining difference between embracing and appropriating another culture is whether or not one approaches the culture with respect. There is nothing wrong with Rick Bayless studying and falling in love with Mexican cooking, and he seems to at least have attempted to come from the right place in doing so; he can be quoted as saying that his passion for Mexican cooking “doesn’t come from a shallow understanding; it comes from a deep understanding. I’ve done everything I can to make it my own.” Appropriation often comes from a lack of respect, which clearly is not the case for Bayless. However, Bayless may have inadvertently committed an act of “columbusing” when he rashly made the statement that he was exited for the opening of the restaurant Red O to see “how the true flavors of Mexico, from central and southern Mexico, would play in Southern California.” Columbusing, according to food blogger Lucas Peterson, refers to “the act of reckless and thoughtless appropriation (typically by rich white people) of a thing that has been around for years or decades (a thing that usually belongs to non-white people).” While it seems evident that Bayless did not intend to make a disrespectful comment, his statement nonetheless implies that he, as an Anglo chef who adopted Mexican culture, will be able to introduce some form of “true flavor” that the millions of Mexicans living and cooking in Los Angeles have somehow overlooked.

Peterson himself was accused of columbusing in 2015 in a controversy dubbed “Elotegate,” in which he was criticized for a blog he wrote about a street corn vendor, though food writers like Arellano and Bill Esparza quickly came to his defense. Cases like that of Bayless or Peterson raise the question of the role that race plays when experiencing and discussing food, and force us to question the way cuisine often gets swept up into cultural controversy.

Personally, I believe that while it is absolutely acceptable to discover, cook, and write about food from another culture, it is important to do so in a way that respects the autonomy and integrity of the culture in question. One can get excited over the discovery of a cultural food that is new to oneself while still respecting the centuries of history and the people who continue to live out and uphold the traditions of said “novel” culture. I agree with Arellano and Francis Lam in the assertion that the phenomenon of Anglos experiencing and embracing ethnically different foods plays a key role in ensuring a lasting spot for those ethnic foods in American culture, rather than relegating them to esoteric traditions upheld only within immigrant communities. Ultimately, taste buds do not recognize ethnic divides, so I believe that all people should feel comfortable experiencing foods from diverse cultural origins and embracing the fact that our ethnically rich community enables delicious recipes to spread and adapt with our ever-globalizing society.

In my opinion, the case of the Oberlin College “food fight” represents a more severe form of cultural appropriation through food, because such appropriation went beyond poorly chosen words and instead took on a physical manifestation through the production and marketing of food that was inauthentic to its cultural heritage. This story is one of countless examples of ethnicities being turned into brand names and the word “authentic” losing its meaning as an adjective in favor of its use as a marketing line. If one is to knowingly produce food that does not hold true to the cultural traditions of a given ethnic community, then one must market it as such. For example, calling a food “fusion” or “inspired” by a certain culture is not misleading, but attempting to sell fraudulent food as “authentic” is essentially an affront against the culinary history of the given culture.

To draw upon my own experience with eating Greek food in Los Angeles, I can say that some of the best Greek food I have purchased has been prepared by Hispanic cooks using traditional Greek recipes. Does that make it any less Greek to me? Absolutely not. Personally, I love introducing my non-Greek friends to Greek foods and I appreciate the fact that even though the recipes are ancient history to me, they can take on a new light and be experienced differently by a stranger to the culture who appreciates even the flavors I might take for granted. Just one thing: don’t try to sell me food that is vaguely Mediterranean-inspired but marketed as Greek—then, we might have a problem.

Definir la Comida Étnica en un Mundo Globalizado (por Alexandra Demetriou)

Como cualquier griega-americana, estoy orgullosa de la comida de mi cultura. Cuando le digo a otra gente que soy griega, invariablemente lo primero que me dicen es: “¡Me encanta la comida griega!” Siempre me alegra de saber que personas de otras etnias aprecian la cocina que representa mi cultura, y me parece que hablar sobre la comida es un rompehielos que ayuda a comenzar la conversación. Sin embargo, hay ciertos comentarios sobre la comida griega que escucho con frecuencia y que me molestan un poco. Por ejemplo, siempre me desconcertará el hecho de que mucha gente me diga: “Eres griega, así que debes comer mucho hummus, ¿verdad?” Hummus es ciertamente una comida mediterránea, pero realmente no es comida griega, y no es algo que un miembro de mi familia serviría al cocinar una cena tradicional griega. De hecho, si voy a un restaurante griego y veo humus servido con la comida, me indica que el restaurante atiende a las audiencias estadounidenses y sus ideas preconcebidas de lo que es griego en lugar de lo que realmente es griego. El yogur griego pertenece a la misma categoría de alimentos que muchos estadounidenses suponen que todos los griegos comen, simplemente porque tiene “griego” en el nombre. De hecho, yo como yogur griego, pero es porque estoy viviendo en los Estados Unidos, no por mi herencia griega. Quizás el comentario más fastidioso de todos los comentarios relacionados con la comida es cuando surge el tema del baklava y alguien dice, “¿Pero no es turco el baklava?” Baklava parece ser la versión culinaria de “la cara que lanzó mil naves,” porque los griegos no aceptarán nuestro amado postre pertenezca a otro grupo étnico. Por supuesto, técnicamente el baklava es tanto turco como griego, pero por cualquier razón mi orgullo griego hierve cuando alguien hace esa pregunta, y siento la necesidad de defender el reclamo que los griegos tienen sobre baklava como si alguien estuviera tratando de robarlo de mi cultura.

¿Por qué estoy dispuesto a ponerme rojo en la cara afirmando que el baklava es griego, pero pienso que el yogur griego es pseudo-griego a pesar de que tiene la palabra griega en el nombre y nadie argumentaría que mi cultura debería tener propiedad? ¿Por qué ciertos alimentos étnicos evocan respuestas tan apasionadas en las personas a cuya cultura supuestamente “pertenecen”?

Al visitar el Grand Central Market en el centro de Los Ángeles la semana pasada, sonreí con satisfacción cuando leí el letrero de neón de Sarita’s Pupuseria con las palabras “comida salvadoreña” escritas debajo—la mía no es la única cultura que se hace posesiva con nuestras comidas. Recientemente leí que a principios de la década de 2000 había una controversia entre El Salvador y Honduras sobre las pupusas, porque cada uno de los países vecinos había afirmado que era el lugar de nacimiento de la comida. Las pupusas de Sarita’s eran bastante deliciosas; Podía entender por qué cada país querría tanto a reclamar la propiedad de ellas.

Sarita's pupuseria
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Como miembro de una comunidad étnica, entiendo completamente la controversia sobre las pupusas, y es bastante similar a mi propia convicción de que el baklava es un postre griego. De acuerdo con la idea de Jeffrey Pilcher de “la mesa de la cena [como] campo de batalla,” nos ponemos a la defensiva sobre los alimentos de nuestros países de origen porque son una forma tangible de aferrarse a nuestra identidad cultural. Cuando otro grupo intenta reclamar la propiedad de un alimento con el que nos identificamos, se siente como si alguien está tratando de robar una parte de nuestra identidad también. Especialmente para los inmigrantes que llegan a los Estados Unidos, donde la vida es completamente diferente de la de sus países de origen, puede ser difícil adaptarse a una cultura nueva. Aferrarse a la comida étnica es a veces la única manera de sentirse conectado con la propia cultura y tener una sensación de estabilidad en medio de los muchos cambios que vienen con la inmigración. La comida es una fuente de consuelo y algo en común entre todos los miembros de una comunidad étnica, y naturalmente la gente quiere defender los alimentos que definen su cultura y contribuyen a su identidad personal.

Sin embargo, por más que tiendo a ser estricta en mi definición de lo que constituye la verdadera comida griega y lo que es la comida griega “impostora,” me he dado cuenta de que una borrosidad de las líneas que definen una cocina como separada de otras es una parte natural de vivir en este “mundo moderno, [este] ‘pueblo global'” como explica E.N. Anderson. Aunque como griega-americana podría considerar ciertos alimentos a ser esenciales para mi identidad étnica, y un salvadoreño podría considerar pupusas como una representación de su etnia, según Anderson, “La etnia no es un rasgo dado por Dios … cambia constantemente con patrones cambiantes de política, conquista y comercio.” Los buenos alimentos serán adoptados y adaptados por otros grupos de personas a medida que nuestro mundo se globaliza. Quizás en lugar de intentar reclamar la propiedad de ciertos alimentos étnicos, debemos aceptar el hecho de que más de un grupo cultural puede identificarse con un determinado alimento, y podemos adoptar una actitud de compartir en lugar de una de posesión.

Estoy empezando a aceptar que un grado de americanización de la comida de mi cultura es simplemente parte de su transplante a un nuevo país, y que la comida griega podría tener que soportar un poco de adaptación para ser comercializada a un público estadounidense. La semana pasada, visité un restaurante llamado Le Petit Greek, y me sorprendieron el uso del francés en el nombre y el hecho de que el camarero explicó una comida griega tradicional como “la versión griega de lasaña.” Sin embargo, el gyro fue excelente y finalmente decidí que la calidad de la comida me importaba más que el lenguaje que la describía.

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Gyro de Le Petit Greek en Larchmont

La misma tarde que mi clase de español visitó la de Sarita, también visitamos la Biblioteca Pública de Los Ángeles para ver la exhibición de “Visualizing Language: Oaxaca in L.A.”  Los murales representaban a varios mexicanos con ropa, tatuajes y objetos que representaban una mezcla de la cultura tradicional oaxaqueña y la cultura estadounidense moderna. Ver la exhibición me hizo darme cuenta de que a pesar de que a veces es difícil ver la apropiación de la propia cultura para complacer a las audiencias estadounidenses, también hay algo hermoso en el hecho de que esta mezcla crea un nuevo tipo de identidad étnica.  A pesar de que cualquier grupo étnico ama y quiere preservar su herencia, la realidad es que venir a Estados Unidos significa un nuevo paso en la evolución de la comida, el idioma y las costumbres de una cultura que no es necesariamente una amenaza para la autenticidad, sino un nuevo forma de autenticidad de una cultura.  Aunque a veces me siento protectora de los alimentos de mi cultura, al igual que los salvadoreños y los hondureños pueden ser competitivos sobre la propiedad de la pupusa, es importante no distraerse demasiado con los aspectos técnicos de la etnia de los alimentos. Si un alimento es bueno y el acto de compartir el alimento con otras culturas le permite mantenerse popular, deberíamos concentrarnos en estar unidos por la apreciación de un buen alimento en lugar de dejar que los debates de autenticidad y las líneas étnicas nos dividan.

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