El problema de la Inseguridad Alimentaria en Los Ángeles (por Alexandra Demetriou)

Comer es uno de los procesos más importantes para mantenerse vivo, por lo que lógicamente parecería algo que todas las personas deberían poder hacer. Sin embargo, los datos de un estudio de 2017 del Departamento de Salud Pública de Los Ángeles mostraron que el Condado de Los Ángeles tiene más ciudadanos considerados “inseguros de alimentos” que en cualquier otro lugar en los Estados Unidos. La inseguridad alimentaria afecta desproporcionadamente a los vecindarios de bajos ingresos y, para empeorar las cosas, como escribe Sarah Portnoy en su libro Food, Health and Culture in Latino Los Angeles, “a menudo los alimentos saludables en los vecindarios de bajos ingresos son más caros que en las tiendas ubicadas en los barrios más ricos.” Esta es una triste disparidad que afecta a la ciudad de Los Ángeles, y se trata de algo más que alimentos: la inseguridad alimentaria es a menudo un problema más grave para las comunidades minoritarias y, por lo tanto, puede considerarse un síntoma de racismo estructural. Lamentablemente, la inseguridad alimentaria, los bajos ingresos y el estado de minoría coinciden y refuerzan el racismo estructural, por lo que es difícil resolver un problema sin abordar las otras preocupaciones relacionadas.

Por ejemplo, considere a la familia González entrevistada en la película Food, Inc. Son una familia hispana de bajos ingresos, y es difícil para ellos comprar medicamentos para el Sr. González y comprar alimentos saludables. Su inseguridad alimentaria es el resultado de sus bajos ingresos, lo que probablemente esté relacionado con su estatus de minoría. En el artículo “Líderes de color debaten sobre el racismo estructural y el privilegio blanco en el sistema alimentario,” Erika Allen explica, “El aumento económico y la inversión en agricultura urbana y sostenible sin la facilitación del trabajo antirracista a nivel académico…es una desconexión real.” Para abordar adecuadamente los problemas de la justicia alimentaria, debemos seguir siendo conscientes de los problemas raciales y socioeconómicos que van mano a mano con la falta de acceso a los alimentos sanos.

Creo que el racismo estructural ciertamente existe en muchos sistemas de la sociedad como resultado de prácticas y prejuicios históricamente arraigados, aunque estamos progresando para desmantelarlo lentamente. En el campus de USC, personalmente no he observado el racismo en acción, pero he escuchado historias de amigos, lo que demuestra que aunque estamos progresando, queda mucho más para hacer. La nueva iniciativa de USC, Virtual Food Pantry, es un paso en la dirección correcta para aliviar las preocupaciones de los estudiantes sobre la seguridad alimentaria para que puedan enfocarse en la escuela sin la molesta preocupación de si podrán pagar su próxima comida o no. Aunque esta iniciativa todavía está en sus primeras etapas, es un testimonio del hecho de que la administración de USC se ha dado cuenta de que la inseguridad alimentaria es un problema en nuestro campus, y la universidad está activamente involucrado en implementando soluciones para este problema.

Imaginemos que soy residente de South L.A. y necesito comprar comida para mi familia y yo. Tengo opciones muy limitadas para comprar alimentos saludables cerca de mi casa. Hay un Ralph’s en Adams and Hoover, que está un poco fuera de mi presupuesto para ciertos artículos, pero al final del día, uno de los pocos lugares donde puedo comprar productos frescos. El nuevo University Village reemplazó el mercado que muchos miembros de nuestra comunidad solían visitar para comprar ingredientes baratos para preparar comidas hispanas clásicas; ahora es más difícil encontrar alimentos saludables a un precio barato. Sin embargo, hay muchas opciones de comida rápida: solo un tramo corto de Figueroa tiene un Fatburger, un Carl’s Jr., un McDonald’s y un Five Guys, junto con una variedad de otras comidas rápidas como Popeye’s o Panda Express. Hay algunos otros lugares para obtener alimentos frescos, como el Exposition Fish & Poultry Market, el Young’s Market y el Central Avenue Farmer’s Market, pero estos están un poco más lejos que las comidas rápidas disponibles. Afortunadamente, CSU tiene un puesto de productos agrícolas los jueves por la tarde en el campus de la USC, que ha sido útil para obtener frutas y verduras baratas y accesibles. Es muy difícil encontrar alimentos frescos a precios asequibles, por lo que siempre es tentador ir a un restaurante de comida rápida y obtener comidas que son más baratas y ya están cocinadas.

Tal vez mi forma favorita de obtener vegetales para mi familia es cultivarlos nosotros mismos, en nuestro jardín comunitario local. Este jardín se encuentra a poca distancia de mi casa, y podemos cultivar las hierbas y verduras que necesitamos para preparar la comida latina. Es mucho más barato que comprar productos caros del mercado, y la jardinería es una actividad divertida que mi familia puede hacer juntos. Es maravilloso que la comunidad tome medidas para ayudar a que todas las familias tengan acceso a los alimentos saludables que necesitan y merecen comer.

 

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Tread Softly, for You Tread on My Culture: Navigating the Food Scene of Los Angeles with Cultural Competence (By Alexandra Demetriou)

Diversity is unequivocally a cornerstone of the culture of Los Angeles, and one of the easiest ways to experience the dynamic ethnic interplay that makes this city unique is by exploring with one’s taste buds. It is a great privilege that we as Angelenos have countless opportunities to venture out and try foods from around the globe all while staying in our own backyard, but with that privilege comes the responsibility to tread lightly when crossing cultural boundaries.

There is a fine line between admiring another’s culture and appropriating it, and perhaps no one in the world of Hispanic food exemplifies toeing—or arguably crossing—this line as well as Rick Bayless. An Oklahoma native, Bayless ventured south to Mexico for six years to study and master the art of preparing Mexican cuisine, and has since gone on to open multiple restaurants and receive numerous awards for his cooking. However, he has faced opposition, particularly from members of the Hispanic community, for what some consider an attitude toward Mexican cuisine that borders on appropriation. Bayless himself has remarked that this criticism is a form of reverse racism against him as a white male, while writer Gustavo Arellano argues that it is not Bayless’s ethnicity but rather his privileged attitude that has fueled the controversy. In a case like this, with opinions polarized and strong, it is necessary to ask ourselves what constitutes appropriation, and how we may explore diverse cuisines in a respectful manner.

rick bayless fish
Chef Rick Bayless http://www.AdamAlexanderPhoto.com ©Adam Alexander Photography 2016

In my opinion, the defining difference between embracing and appropriating another culture is whether or not one approaches the culture with respect. There is nothing wrong with Rick Bayless studying and falling in love with Mexican cooking, and he seems to at least have attempted to come from the right place in doing so; he can be quoted as saying that his passion for Mexican cooking “doesn’t come from a shallow understanding; it comes from a deep understanding. I’ve done everything I can to make it my own.” Appropriation often comes from a lack of respect, which clearly is not the case for Bayless. However, Bayless may have inadvertently committed an act of “columbusing” when he rashly made the statement that he was exited for the opening of the restaurant Red O to see “how the true flavors of Mexico, from central and southern Mexico, would play in Southern California.” Columbusing, according to food blogger Lucas Peterson, refers to “the act of reckless and thoughtless appropriation (typically by rich white people) of a thing that has been around for years or decades (a thing that usually belongs to non-white people).” While it seems evident that Bayless did not intend to make a disrespectful comment, his statement nonetheless implies that he, as an Anglo chef who adopted Mexican culture, will be able to introduce some form of “true flavor” that the millions of Mexicans living and cooking in Los Angeles have somehow overlooked.

Peterson himself was accused of columbusing in 2015 in a controversy dubbed “Elotegate,” in which he was criticized for a blog he wrote about a street corn vendor, though food writers like Arellano and Bill Esparza quickly came to his defense. Cases like that of Bayless or Peterson raise the question of the role that race plays when experiencing and discussing food, and force us to question the way cuisine often gets swept up into cultural controversy.

Personally, I believe that while it is absolutely acceptable to discover, cook, and write about food from another culture, it is important to do so in a way that respects the autonomy and integrity of the culture in question. One can get excited over the discovery of a cultural food that is new to oneself while still respecting the centuries of history and the people who continue to live out and uphold the traditions of said “novel” culture. I agree with Arellano and Francis Lam in the assertion that the phenomenon of Anglos experiencing and embracing ethnically different foods plays a key role in ensuring a lasting spot for those ethnic foods in American culture, rather than relegating them to esoteric traditions upheld only within immigrant communities. Ultimately, taste buds do not recognize ethnic divides, so I believe that all people should feel comfortable experiencing foods from diverse cultural origins and embracing the fact that our ethnically rich community enables delicious recipes to spread and adapt with our ever-globalizing society.

In my opinion, the case of the Oberlin College “food fight” represents a more severe form of cultural appropriation through food, because such appropriation went beyond poorly chosen words and instead took on a physical manifestation through the production and marketing of food that was inauthentic to its cultural heritage. This story is one of countless examples of ethnicities being turned into brand names and the word “authentic” losing its meaning as an adjective in favor of its use as a marketing line. If one is to knowingly produce food that does not hold true to the cultural traditions of a given ethnic community, then one must market it as such. For example, calling a food “fusion” or “inspired” by a certain culture is not misleading, but attempting to sell fraudulent food as “authentic” is essentially an affront against the culinary history of the given culture.

To draw upon my own experience with eating Greek food in Los Angeles, I can say that some of the best Greek food I have purchased has been prepared by Hispanic cooks using traditional Greek recipes. Does that make it any less Greek to me? Absolutely not. Personally, I love introducing my non-Greek friends to Greek foods and I appreciate the fact that even though the recipes are ancient history to me, they can take on a new light and be experienced differently by a stranger to the culture who appreciates even the flavors I might take for granted. Just one thing: don’t try to sell me food that is vaguely Mediterranean-inspired but marketed as Greek—then, we might have a problem.

Apreciando la comida fusión de Los Ángeles (por Alexandra Demetriou)

Una de mis cosas favoritas sobre la ciudad de Los Ángeles es la escena gastronómica que constantemente está evolucionando.  Los Ángeles atrae a inmigrantes de todo el mundo, y cuando se mudan aquí traen culturas culinarias únicas e interesantes. Como Bill Esparza explica en una entrevista con KCET, “Immigration has shaped our cuisine. Los Angeles does have its own cuisine that really is defined by all the people who have come here.”

El término “fusión” se usa para referirse a la comida que integran elementos de diferentes culturas para crear un tipo de comida nuevo e interesante que difiere de las cocinas que la influenciaron. Un pionero famoso de la comida fusión es Roy Choi, el creador de Kogi BBQ, quien según el sitio web de Kogi “dio a luz al movimiento taco mexicano-coreano.”  Los tacos de Kogi combinan sabores e ingredientes de inspiración coreana con el taco mexicano tradicional, creando una nueva experiencia culinaria que los Angelinos han llegado a amar y anhelar. Este alimento no es coreano ni mexicano, sino que se lo puede considerar comida única a Los Angeles, porque refleja la globalización y la mezcla de las culturas que comprometen la cultura de Los Ángeles. Kogi es uno de los mejores ejemplos de fusión cultural que crea comida deliciosa y novedosa que enriquece el paisaje culinario de Los Ángeles, y es un testimonio de la forma en que los inmigrantes pueden dejar su huella en Estados Unidos a través de nuestros estómagos.

Además de la brillantez de determinar la mejor manera de combinar ingredientes y sabores coreanos y mexicanos, Roy Choi y otros cocineros de fusión exitosos hacen otra cosa bien: crean un modelo de negocios que atrae a la población diversa y globalizada de Los Ángeles.  Como escribe Sarah Portnoy, “Roy Choi’s Kogi taco trucks illustrate both the cross-cultural influence of Latin American cuisine and the importance of culinary infrastructure in achieving success even for street food.” Además de crear un producto delicioso, cocina de fusión exitosa debe ser comercializado de una manera que atrae a clientes de diversos orígenes para probar la nueva cocina de fusión.  Por ejemplo, considere Guerrilla Tacos de Wes Avila, otro ejemplo de cocina de fusión de Los Ángeles muy exitoso: Avila usa técnicas aprendidas de escuelas culinarias de California y Francia, las integra con la cocina mexicana de su herencia, y crea tacos que combinan alta cocina y comida de la calle, que todas las personas pueden disfrutar.  Los establecimientos como Kogi y Guerrilla Tacos han elevado la comida de la calle a ser algo de moda, y han utilizado influencias de otras culturas para atraer clientes que normalmente no visitan las loncheras de tacos tradicionales.  De esta manera, la comida de fusión es una herramienta que crea convergencia cultural y une a personas de diferentes orígenes y de diferentes esferas de Los Angeles, basado en una apreciación universal para la comida sabrosa.  Sarah Portnoy explica que “culinary encounters have historically helped to forge relationships that crossed lines of race, class, ethnicity and nationality through the sharing of ingredients, techniques, and dishes,” algo que ha sido cierto a través de la historia y se puede ver en Los Ángeles hoy.

Después de probar Guerrilla Tacos, mi amiga Rachel y yo estábamos emocionadas de explorar más la escena de fusión de comida de Los Ángeles. Visitamos Revolucionario North African Tacos en Jefferson Boulevard, que según su sitio web es “el primer y único restaurante de tacos del norte de África en el mundo.” Mi taco favorito fue el merguez taco: merguez es una salchicha de cordero y ternera del norte de África, que es un poco picante, y se sirvió con papas dentro de una tortilla para crear un taco muy delicioso.  Era diferente de cualquier cosa que haya probado en mi vida, y fue un ejemplo excelente de la manera en que la comida de fusión puede crear alimentos nuevos y maravillosos que son únicos a la comunidad diversa de Los Ángeles.  Cuando yo, una griega-americana, me senté y comí un taco norteafricano y leí en las paredes del restaurante las inscripciones de los clientes multiétnicos que habían visitado antes, me sentí muy agradecida de vivir en una ciudad que sabe cómo aprovecharse de nuestra diversidad para crear una cultura rica que no se puede encontrar en ningún otro lugar del mundo.

Definir la Comida Étnica en un Mundo Globalizado (por Alexandra Demetriou)

Como cualquier griega-americana, estoy orgullosa de la comida de mi cultura. Cuando le digo a otra gente que soy griega, invariablemente lo primero que me dicen es: “¡Me encanta la comida griega!” Siempre me alegra de saber que personas de otras etnias aprecian la cocina que representa mi cultura, y me parece que hablar sobre la comida es un rompehielos que ayuda a comenzar la conversación. Sin embargo, hay ciertos comentarios sobre la comida griega que escucho con frecuencia y que me molestan un poco. Por ejemplo, siempre me desconcertará el hecho de que mucha gente me diga: “Eres griega, así que debes comer mucho hummus, ¿verdad?” Hummus es ciertamente una comida mediterránea, pero realmente no es comida griega, y no es algo que un miembro de mi familia serviría al cocinar una cena tradicional griega. De hecho, si voy a un restaurante griego y veo humus servido con la comida, me indica que el restaurante atiende a las audiencias estadounidenses y sus ideas preconcebidas de lo que es griego en lugar de lo que realmente es griego. El yogur griego pertenece a la misma categoría de alimentos que muchos estadounidenses suponen que todos los griegos comen, simplemente porque tiene “griego” en el nombre. De hecho, yo como yogur griego, pero es porque estoy viviendo en los Estados Unidos, no por mi herencia griega. Quizás el comentario más fastidioso de todos los comentarios relacionados con la comida es cuando surge el tema del baklava y alguien dice, “¿Pero no es turco el baklava?” Baklava parece ser la versión culinaria de “la cara que lanzó mil naves,” porque los griegos no aceptarán nuestro amado postre pertenezca a otro grupo étnico. Por supuesto, técnicamente el baklava es tanto turco como griego, pero por cualquier razón mi orgullo griego hierve cuando alguien hace esa pregunta, y siento la necesidad de defender el reclamo que los griegos tienen sobre baklava como si alguien estuviera tratando de robarlo de mi cultura.

¿Por qué estoy dispuesto a ponerme rojo en la cara afirmando que el baklava es griego, pero pienso que el yogur griego es pseudo-griego a pesar de que tiene la palabra griega en el nombre y nadie argumentaría que mi cultura debería tener propiedad? ¿Por qué ciertos alimentos étnicos evocan respuestas tan apasionadas en las personas a cuya cultura supuestamente “pertenecen”?

Al visitar el Grand Central Market en el centro de Los Ángeles la semana pasada, sonreí con satisfacción cuando leí el letrero de neón de Sarita’s Pupuseria con las palabras “comida salvadoreña” escritas debajo—la mía no es la única cultura que se hace posesiva con nuestras comidas. Recientemente leí que a principios de la década de 2000 había una controversia entre El Salvador y Honduras sobre las pupusas, porque cada uno de los países vecinos había afirmado que era el lugar de nacimiento de la comida. Las pupusas de Sarita’s eran bastante deliciosas; Podía entender por qué cada país querría tanto a reclamar la propiedad de ellas.

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Como miembro de una comunidad étnica, entiendo completamente la controversia sobre las pupusas, y es bastante similar a mi propia convicción de que el baklava es un postre griego. De acuerdo con la idea de Jeffrey Pilcher de “la mesa de la cena [como] campo de batalla,” nos ponemos a la defensiva sobre los alimentos de nuestros países de origen porque son una forma tangible de aferrarse a nuestra identidad cultural. Cuando otro grupo intenta reclamar la propiedad de un alimento con el que nos identificamos, se siente como si alguien está tratando de robar una parte de nuestra identidad también. Especialmente para los inmigrantes que llegan a los Estados Unidos, donde la vida es completamente diferente de la de sus países de origen, puede ser difícil adaptarse a una cultura nueva. Aferrarse a la comida étnica es a veces la única manera de sentirse conectado con la propia cultura y tener una sensación de estabilidad en medio de los muchos cambios que vienen con la inmigración. La comida es una fuente de consuelo y algo en común entre todos los miembros de una comunidad étnica, y naturalmente la gente quiere defender los alimentos que definen su cultura y contribuyen a su identidad personal.

Sin embargo, por más que tiendo a ser estricta en mi definición de lo que constituye la verdadera comida griega y lo que es la comida griega “impostora,” me he dado cuenta de que una borrosidad de las líneas que definen una cocina como separada de otras es una parte natural de vivir en este “mundo moderno, [este] ‘pueblo global'” como explica E.N. Anderson. Aunque como griega-americana podría considerar ciertos alimentos a ser esenciales para mi identidad étnica, y un salvadoreño podría considerar pupusas como una representación de su etnia, según Anderson, “La etnia no es un rasgo dado por Dios … cambia constantemente con patrones cambiantes de política, conquista y comercio.” Los buenos alimentos serán adoptados y adaptados por otros grupos de personas a medida que nuestro mundo se globaliza. Quizás en lugar de intentar reclamar la propiedad de ciertos alimentos étnicos, debemos aceptar el hecho de que más de un grupo cultural puede identificarse con un determinado alimento, y podemos adoptar una actitud de compartir en lugar de una de posesión.

Estoy empezando a aceptar que un grado de americanización de la comida de mi cultura es simplemente parte de su transplante a un nuevo país, y que la comida griega podría tener que soportar un poco de adaptación para ser comercializada a un público estadounidense. La semana pasada, visité un restaurante llamado Le Petit Greek, y me sorprendieron el uso del francés en el nombre y el hecho de que el camarero explicó una comida griega tradicional como “la versión griega de lasaña.” Sin embargo, el gyro fue excelente y finalmente decidí que la calidad de la comida me importaba más que el lenguaje que la describía.

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Gyro de Le Petit Greek en Larchmont

La misma tarde que mi clase de español visitó la de Sarita, también visitamos la Biblioteca Pública de Los Ángeles para ver la exhibición de “Visualizing Language: Oaxaca in L.A.”  Los murales representaban a varios mexicanos con ropa, tatuajes y objetos que representaban una mezcla de la cultura tradicional oaxaqueña y la cultura estadounidense moderna. Ver la exhibición me hizo darme cuenta de que a pesar de que a veces es difícil ver la apropiación de la propia cultura para complacer a las audiencias estadounidenses, también hay algo hermoso en el hecho de que esta mezcla crea un nuevo tipo de identidad étnica.  A pesar de que cualquier grupo étnico ama y quiere preservar su herencia, la realidad es que venir a Estados Unidos significa un nuevo paso en la evolución de la comida, el idioma y las costumbres de una cultura que no es necesariamente una amenaza para la autenticidad, sino un nuevo forma de autenticidad de una cultura.  Aunque a veces me siento protectora de los alimentos de mi cultura, al igual que los salvadoreños y los hondureños pueden ser competitivos sobre la propiedad de la pupusa, es importante no distraerse demasiado con los aspectos técnicos de la etnia de los alimentos. Si un alimento es bueno y el acto de compartir el alimento con otras culturas le permite mantenerse popular, deberíamos concentrarnos en estar unidos por la apreciación de un buen alimento en lugar de dejar que los debates de autenticidad y las líneas étnicas nos dividan.

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Explorando la Historia y la Autenticidad de la Cultura Mexicana en Los Ángeles (por Alexandra Demetriou)

No creo que haya pasado un día de mi vida en Los Ángeles en el que no haya experimentado alguna forma de cultura mexicana. Crecí en un suburbio de Los Ángeles llamado Palos Verdes, donde todas las calles tienen no

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mbres en español y el estilo arquitectónico estándar para las casas y edificios es español colonial. Cuando era niña de escuela primaria, escribí un informe sobre los pueblos indígenas, hice un proyecto en las misiones de California y visité la Calle Olvera para una excursión de clase. Con toda mi experiencia con la comida, el idioma, la arquitectura, y lo que creía que era una historia completa, pensé que era experta en la cultura hispana y tradicional mexicana en California. Sin embargo, hace poco gané un verdadero respeto por la interacción dinámica entre las culturas mexicana, española y moderna de Estados Unidos que han dado forma a la cultura mexicana en Los Ángeles para que sea lo que es hoy en día.

Visitar la exhibición “Encontrado en la Traducción” de LACMA me envió a un viaje por la Fantasía Española del Pasado, rastreando la historia de los mexicanos en California y brindando un contexto en el que pude entender la evolución de la cultura moderna mexicano-estadounidense que existe hoy día en Los Ángeles. La representación de la exhibición de la arquitectura y cómo evolucionó a través del colonialismo español y cambió en respuesta a Hollywood y un renacimiento tradicional mexicano fue una herramienta muy útil para ayudar a los espectadores a entender el lugar que ocupa la cultura mexicana en los Estados Unidos. Al estudiar las paredes físicas de los edificios históricos, uno puede percibir mejor las paredes culturales que han dividido a los grupos étnicos que cohabitan en Los Ángeles. Me di cuenta de que el estilo arquitectónico colonial español, al que me había acostumbrado durante mi juventud en Palos Verdes, en muchos sentidos representa una cooptación del estilo y la cultura mexicanos por parte de los colonos anglos. José Vasconcelos, Secretario de Educación Pública de México, explica simplemente que, “La gente [en California] no menciona a México cuando admira fachadas barrocas o misiones en ruinas. Llaman a todo ‘español.’” Como explica la exhibición, las celebridades de Hollywood fueron en muchos sentidos algunos de los culpables más conspicuos que utilizaron el estilo mexicano y luego lo hicieron parte de una alta sociedad anglosajona a la que muchos mexicanos nunca pertenecieron. Sin embargo, a pesar de la tendencia anglosajona de blanquear la cultura y el estilo mexicano, los mexicanos siempre se apresuraron a revivir y proteger su cultura; la existencia del estilo neocolonial mexicano es representativo de la resiliencia mexicana y el orgullo de su historia. El movimiento estilístico, que incluyó elementos de inspiración prehispánica, es un testimonio al hecho de que los mexicanos estaban decididos a conservar su identidad cultural frente a una jerarquía social dominada por los anglos.

Las pinturas Casta de la exhibición agregan otra capa de complejidad a la interacción de raza y cultura en el histórico Los Ángeles, y la obra de arte actúa como un portal a través del cual se puede ver la mezcla y separación de los españoles, indígenas y africanos de California. Quizás lo más interesante es el hecho de que, aunque los españoles parecen retratar su nueva tierra de manera optimista, enfatizando los alimentos y el paisaje nuevos y exóticos en sus pinturas, al mismo tiempo parecen obsesionados con la delineación de personas por sus razas. Los españoles apreciaron la tierra en la que se establecieron, pero aún despreciaban a los otros humanos con los que compartían esa hermosa tierra. Incluso el hecho de que la gente no anglosajones no se les permite usar el mismo tipo de ropa como las personals españolas, las escenas representadas en los cuadros de castas envían un mensaje claro que aunque los anglosajones tenían ningún problema utilizando los recursos que pertenecían a los mexicanos y los pueblos indígenas, todavía insistían en distinguirse como socialmente superiores.

Ver clips de películas viejas como “Ramona” fue una parte particularmente interesante de la exposición para mí, porque sentí que la película era en cierto modo un ejemplo de mexicanos que se dejaban someter a la apropiación instigada por los colonos anglosajones. Tales películas están hechas por cines de Hollywood dominados por hombres blancos, y retratan la cultura mexicana de una manera tan simplista y estereotipada que se siente casi irrespetuosa. Las escenas de la vida tradicional mexicana son esencialmente valoradas y utilizadas porque parecen exóticas, y porque pueden atraer a las audiencias anglo que desean emprender un viaje voyerista y experimentar otra cultura de la que de otra manera se separarían en la sociedad. Además, se ve a los actores mexicanos tomando parte en tales películas. Esta “commodification of the self,” como lo llama Sylvia Ferrero, es un tema recurrente en la historia de la cultura mexicana en Los Ángeles, que todavía se ve a menudo hoy en día. Esta interacción interesante entre la apropiación española de la cultura mexicana, los resurgimientos del orgullo indígena, y los momentos de “commodification of the self” le dan a la cultura mexicana en Los Ángeles una historia complicada, y un presente y futuro muy complejos.

Mi experiencia en la exhibición “Encontrado en Traducción” cambió la manera en que veo la cultura mexicana en Los Ángeles y mi perspectiva como una persona no mexicana que participa en la cultura, o al menos la versión apropiada de la cultura que muchas personas que no son mexicanas han llegado a creer es auténtico. Por ejemplo, pensando en la tarde gastado en la calle Olvera, con su representación algo teatral de la cultura mexicana, me pregunto cómo auténtico esto parece a alguien que es mexicano-americano o alguien de México. Sé que como griega-americana me he burlado de las apropiaciones estadounidenses de mi cultura, y mi herencia ha sido menos mercantilizada en Estados Unidos que la cultura mexicana.

Al visitar un restaurante “español” como El Cholo que claramente ha sido diseñado para parecer mexicano para muchos clientes no mexicanos, pienso en el concepto de Ferrero de una “vida dual” de la cocina mexicana en la que algunos restaurantes atienden a mexicanos y otros atienden a las personas no mexicanas que desean una experiencia mexicana. Siento como si hubiera participado inadvertidamente en ese voyeurismo culinario, y como muchas personas no mexicanas llegaron a esperar esa “autenticidad escenificada” cada vez que visitan un restaurante mexicano. Existe un problema en esta dinámica, porque muchos restaurantes mexicanos sienten la necesidad de escenificar su cultura para atraer a los anglos, y luego los anglos se acostumbran tanto a esta imagen cultural apropiada que a menudo buscamos o nos sentimos más cómodos en restaurantes mexicanos que dan tal presentación.

Sin embargo, ese fenómeno plantea la pregunta: si esta versión de la cultura mexicana se ha vuelto tan común que muchos dueños de restaurantes mexicanos la utilizan como una forma de calificar sus negocios e identificarse como mexicanos, ¿puede considerarse auténtica en una manera? Como explica Sarah Portnoy en el SAGE Encyclopedia of Food Issues, la autenticidad y la globalización se entremezclan entre sí y deben tenerse en cuenta juntas; a medida que las culturas se globalizan, también sus costumbres y alimentos deben adaptarse a los nuevos entornos en los que se encuentran, pero estos cambios no necesariamente dañan la autenticidad de la cultura. Como dice Portnoy, “The debate over authenticity provides an excellent example of hybridization in the face of globalization since generations of migrants have taken their culinary traditions with them into geographical areas where they could not acquire familiar ingredients, thus making some adaptability necessary.”

De nuevo, recuerdo volver a visitar la Calle Olvera, esta vez comparándolo con los festivales griegos a los que he asistido desde que era una niña pequeña. Después de todo, nosotros, como estadounidenses de origen griego, a menudo retratamos nuestra cultura como “griego extra,” de la misma manera en que Olvera Street es retratada como “mexicana extra.” Me doy cuenta de que aunque parte de esta representación proviene de la necesidad de comercializar una cultura extranjera para una audiencia anglosajona, como alguien de la cultura, también es una forma de aferrarse a las tradiciones con las que podemos identificarnos. Puede aparecer escenificado, pero también es auténtico en el sentido de que es otra forma de expresar lealtad a una identidad cultural. Por lo tanto, a pesar de que la cultura mexicana ha sufrido muchos cambios y apropiaciones desde que los españoles se asentaron y hasta hoy, creo que todas las representaciones de la cultura mexicana son auténticas en su época y representan la capacidad de una cultura para adaptarse y mantenerse una identidad frente al cambio.

Chichén Itzá y los Sabores de la Península de Yucatán (Por Alexandra Demetriou)

Cuando era una niña creciendo en Los Ángeles, solía poner pondría mi cara en la ventana del asiento trasero del automóvil de mi madre y mirar el mundo por el que conducíamos, admirando las vistas y los puntos de referencia que he llegado a conocer tan bien durante más de dos décadas. Así es como aprendí el paisaje de Los Ángeles, construyendo mapas de autopistas y calles concurridas, no por nombre, sino por cualquier punto de referencia junto a la carretera que fue más memorable. Sabía cuando pasaba USC, el alma mater de mi madre, porque esa parte de la autopista era “la parte cerca del bonito mural azul” del Mercado la Paloma. Cada vez que bajábamos por la 110 y nos acercábamos al tramo cerca de la USC, miraba con entusiasmo la ventana y esperar para echar un vistazo al mural, tratando de ver una nueva característica de él cada vez. De las familias mexicanas en el primer plano de la pintura, a los pilares de piedra que se alzaban hacia un cielo tan azul que rivalizaba con la atmósfera real del centro de Los Ángeles, era un parche de color vibrante en un mar de gris que trajo vida a su vecindario circundante. Estaba encantado con la escena que se muestra en el mural y quería saber más sobre la cultura a la que pertenecía. Poco sabía que muchos años más tarde sería un estudiante en USC, estudiando español y finalmente echando un vistazo para ver qué se ocultaba detrás de ese gran mural azul.

El Mercado la Paloma es un patio de comidas sin pretensiones, ubicado entre edificios industriales en Grand Avenue. Desde el exterior, es un edificio simple, de amarillo y rojo, en el que los restaurantes hispanos y la artesanía oaxaqueña comparten espacio con una compañía de seguros, una tienda de suministros informáticos y una costurera. Al entrar, el mercado me parece humilde, con un ambiente cómodo y relajado: las familias se reúnen en este patio de comidas, comiendo diferentes tipos de cocina según el restaurante que elijan visitar. Además de sus restaurantes, el mercado alberga una pequeña tienda adorable llena de artículos tradicionales mexicanos.

Al mirar alrededor del patio de comidas, veo a Chichén Itzá directamente frente a la entrada del mercado. Cuando me acerco al mostrador y al menú, me emociono con la expectativa de los alimentos apetitosos que podía probar. Observo el menú, lleno de platos de la región de Yucatán, primero escaneando aquellos con nombres familiares como los tacos y los tamales, y luego leyendo a través de listas de platos más exóticos con nombres como Poc Chuc y Tikin Xic. Muchos artículos en el menú contienen ingredientes como pollo, cerdo, frijoles y tortillas de maíz, como se encuentran en una variedad de comidas mexicanas, pero los platos también presentan toques únicos, como la incorporación de plátanos. Después de mucha contemplación, selecciono el Tamal Horneado y mi amigo selecciona el Pollo Asado. Tomamos nuestro número, elegimos una mesa, y esperamos expectantemente nuestras comidas. Mientras estamos sentados, noto que el mercado, aunque predominantemente es un mercado hispano, atrae a personas de todos los orígenes étnicos. Muchas familias y grupos de amigos se sientan alrededor de nosotros, y se sientan cómodamente como si estuvieran en casa, que me da la sensación de que algunos de ellos son asiduos.

Nuestra comida finalmente llega, y no puedo esperar para tomar un bocado de mi crujiente tamal. Ha sido frito hasta que es un color marrón dorado cálido, y se coloca encima de una hoja doblada. El plato es simple, con solo una taza de salsa roja para acompañar el tamal. El plato de mi amigo es más diverso, con una mezcla de pollo y cebollas rojas a un lado del plato, una bola de arroz blanco en el centro y un mar de frijoles negros extendiéndose desde el otro lado del plato.

Presiono mi tamal con mi cuchillo y escucho un “crujido” cuando rompo su capa exterior gruesa. Un aroma cálido y abundante flota a mi nariz cuando el contenido del tamal se encuentra con la atmósfera. El interior contiene pollo rallado en una salsa marrón que sale del tamal de inmediato. Tomo un bocado del tamal caliente, notando el contraste entre el exterior crujiente y su interior suave que ha sido marinado por el zumo del pollo. El tamal tiene un interesante componente ahumado a su sabor, que complementa el sabroso pollo en el interior. Experimento con la salsa, sumergiendo un pequeño trozo de mi tamal en el charco de rojo en la parte superior de mi plato, y encuentro que la salsa agrega una patada agradable al tamal templado.

El pollo asado de mi amigo es crujiente pero jugoso, y fue cocinado con cebollas, que lo da un sabor fuerte. Cuando miro los frijoles negros y el arroz blanco junto al pollo, recuerdo la discusión de Ken Albala sobre la autenticidad y la portabilidad al llevar un tipo de alimento de su país de origen a otro. Aunque los componentes del plato, como el arroz y los frijoles, parecen lo que uno podría llamar “americanizados,” no obstante, la comida en general constituye una buena comida en línea con sus orígenes mexicanos.

Chichén Itzá sirve la cantidad perfecta de comida, dejándonos llenos y muy satisfechos con nuestras comidas. Al salir del Mercado la Paloma, ¡ambos acordamos que tendremos que volver pronto!

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